TODOS LOS HÉROES TIENEN UN SECRETO

El viento ardiente gira en torbellinos frenéticos barriendo, una y otra vez, el suelo estéril. Levanta embudos de polvo que espantan y recuerdan a los interminables pasillos del infierno. Ni espinos, ni insectos, ni perros, nadie lo enfrenta. Sopla y sopla inclemente demostrando su total dominio sobre el páramo. La vida crece, es inevitable, se arraiga en todas partes…¡menos aquí! Nada parece estar vivo, nada se mueve que no sea empujado por él o calentado y retorcido por un sol a plomo. Nada, excepto nosotros, Los Guerreros. Este es nuestro momento, la estepa nos pertenece y uno a uno nos vamos juntando en el límite del desierto candente para compartir el único centímetro de sombra disponible que nos promete, aunque jamás lo cumpla, algo de confort. Más allá nos aguarda la victoria y el honor. O la derrota y el destierro. Por fin, los últimos miembros del equipo han llegado. La pelota de cuero se calienta contra un rincón del tapial. Espera la señal para salir, ella sola, a oponerse al sol. ¿Nosotros? Solo somos sus peones, olvidados soldados de un general tirano e impiadoso. Creemos en la ilusión del dominio, estamos convencidos de tener la habilidad necesaria como para darle órdenes con nuestros pies. Ella, de vez en cuando, hace algo parecido a lo que le pedimos solo para seguir con la farsa, para evitar que abandonemos la pugna al sentirnos incompetentes. El árido baldío de la esquina es nuestro y en la siesta del resol sin testigos, abre su tierra pisoteada a las zapatillas Flecha. Es el campo de batalla elegido para defender la dignidad. Esperamos sea oasis al terminar la tarde, quizás hasta refugio y escondite frente a las madres mandonas en los letargos vespertinos de enero. El llano donde buscar la llave de la gloria. Hoy la temperatura está peor que nunca, pero mucho peor para nosotros sería faltar al desafío. Estar demorados en la frontera del patio de nuestras casas, por no haber obtenido el permiso para salir, significaría deshonra y estigma. Estamos ansiosos y casi listos. Para el ocaso todavía falta y nos va a requerir mucha voluntad llegar vencedores a él. Es el último desafío contra la eterna escuadra rival: Los Harapientos. El partido definitivo, el enfrentamiento que todos hubiéramos deseado evitar. Durante la semana, fueron cuatro tardes de lucha, de correr tras la pelota, de empujarnos mutuamente, gritando e insultando tratando de vencer la valla contraria, de intentar que el indómito balón, por una vez, haga el efecto que le pedimos, siga la trayectoria deseada, se dirija a ese rincón contra el palo que apenas adivinamos entre tantas piernas y polvo flotando. Del lunes al jueves, el mezquino empate en goles fue el resultado, una y otra vez, de tanto sudor salpicado y esfuerzo infructuoso. Hoy es viernes y ya no habrá más posibilidades futuras. Es ahora o nunca. Uno de los dos equipos se irá arrastrando a sus magullados. Vencidos, ultrajados, irremediablemente marcados para la historia como los sometidos en el desplante. —Che, ¿quién falta?—. —¿Dónde está el Walter?—. —¡Sonamos! Ayer, el gordo me dijo que capaz que los viejos lo llevaban al campo de no se dónde o a la casa de no se quién—. —¡No!—. Todas las desesperanzas me gritan desde la tribuna imaginaria. El equipo dueño de la cuadra, de la pelota, del terreno, los que conocemos cada piedra, cada pozo, los señores de la calle Sáenz Peña, ¡vamos a ser los derrotados! Sin el gordo al arco, ¿qué nos espera? No podemos jugar con uno menos. Imposible, impensado. Somos gladiadores, sí; pero todavía no tenemos superpoderes. 2 —¿Qué hacemos?—. La reunión es contra el arco del tapial. —Nos golean en estas condiciones—. —Les decimos que lo dejamos para mañana—. —Ya dijeron que no. Es hoy. Además el gordo no viene hasta la semana que viene—. Ellos ya están peloteando en el otro arco. Ríen seguros. No hace falta ser un genio para ver que nos falta un jugador. Nosotros nos miramos en silencio, como si el destino nos hubiera negado una última posibilidad. Con este sol quemante, no hay nadie en la calle ni en la vereda para escuchar nuestra súplica. Por fin se arrima el Colorado. Él es el que siempre lleva la palabra en el equipo de Los Harapientos. —Che, si les falta uno, le digo al Mario que lo llame al amigo del primo. Es un pibe calladito que vino desde Brasil a pasar las fiestas. Nos pidió venir y le dijimos que no—, ¿me parece o hay sorna en esa sonrisa de salame mal curado? —No. No, está bien ya nos arreglamos—. Alguien me tira de la remera, Peralta, detrás mío, dice que si. Me doy vuelta para negarlo pero sé que no hay otra solución. El Mario, el arquero de ellos, sale a buscar al amigo del primo, o algo así, para que ataje para nosotros. El viento me parece más caliente, como si el diablo hubiera lanzado una carcajada. El remolino de la bicicleta que llega, acalla las discusiones. ¿Cómo vamos a poner a atajar a uno que no conocemos? La mejor estrategia es que alguien de nosotros se ponga entre los palos y lo hacemos correr al nuevo. Nuestra única oportunidad es tratar de hacer una ventaja rápida. Si no protegemos con uñas y dientes el baldío, lo perdemos como plaza y campo de deportes en manos de estos amargados. El recién llegado se saca la gorra roja, los lentes y deja ambos colgados en el manubrio de la bici. Lentamente, con los pantalones largos puestos, se acerca al grupo. Morochito, flaco, un poco alto para nuestra edad, con voz tímida dice llamarse Sací y nos pide ir al arco. Explica que le duele la pierna y que no puede correr bien. Lo único que nos faltaba. Ahora comprendo la risita del Colorado. Ya ni fuerzas para discutir tengo. Nos acomodamos en la cancha lo mejor que podemos y de bronca le doy una patada a la pelota ¿inocente? Cruza la calle rebotando irónica y golpea la puerta de un auto estacionado. Es el comienzo del partido. Ellos son mejores o nosotros estamos muy desanimados. No podemos dar ni dos toques seguidos. En el primer revuelo cerca del área, el Colorado sobrador sacó un zurdazo seco y bajo contra el palo. Un segundo después, lo miré incrédulo a Peralta parado a mi lado. Sací, en una estirada fenomenal y apenas con la punta de los dedos, había desviado al corner el bombazo imparable. Inmediatamente se paró, sacudiéndose el pantalón. Se le nota un poco la renguera pero seguimos cero a cero. Ninguno se atreve a hablar. El maldito balón hoy parece más rebelde que nunca. Cuando picó a mi lado, fue como si ansioso también buscara mi brazo. A pesar de la protesta, la mano fue innegable. Desde esta distancia y recto al arco, el tiro libre se cambia por gol. En el silencio de la tarde abrasadora, el golpe seco del derechazo rival me sonó como un tiro en la sien. La bola se eleva lenta buscando la unión del poste y el travesaño. El tiempo se detiene en una imagen casi televisiva, en una de esas fotos para las viejas revistas de fútbol. Una postal para un lindo recuerdo…¡de nuestros contrarios! Un murmullo de asombro me saca de la ilusión. Alcanzo a ver la mano derecha de Sací salvando nuestro destino apenas por encima del horizontal. No se quien fue el primero, pero en un momento me vi empujado en un tumulto abrazando a nuestro héroe desconocido. 3 Los gritos de festejo por la atajada genial fueron como un llamado a la batalla. Nos dio la fuerza necesaria y salimos a ganar el partido. Sací resultó un arquero de primera y lo probó una y otra vez en las jugadas siguientes. Sacó pelotas rebotadas, directas, con chanfle, llovidas. Siempre atento, con buenos reflejos, seguro con las manos bajo los tres palos. Nosotros nos agrandamos detrás de su figura. Nos creímos superiores y cometimos un error. Enceguecidos, casi al final del encuentro buscamos el gol del triunfo y lo dejamos demasiado lejos y solo. Después de un pase mal dado, el Colorado lo encaró derecho a Sací. Contraataque veloz, pelota dominada, un mano a mano desigual. Peralta, corriendo desesperadamente, trata de evitar lo inevitable. El golero de los pantalones largos lo espera abriendo los brazos, como tapando los rincones, bien plantado en la puerta del área. Una nube cruza el cielo y deja una sombra funesta sobre la línea de cal inexistente. El arquerito no se come el primer amague y apoyándose firme en su pierna izquierda, le cruza una mano entre los tobillos pellizcando apenas el esférico. El ruido que siguió me traspasa la médula. Fue como si se quebrara un tablón, como si cayera, vencida por el viento sur, una rama de las gruesas y sanas del fresno de mi abuelo. No se si Sací gritó o no. Cuando llegamos agitados al área, veo la parte baja de su pierna, desde la rodilla al tobillo, doblada hacia atrás del cuerpo, en una posición absurda e imposible. Nuestro guardameta balbucea algo e intenta en vano darse vuelta como si fuera una tortuga malherida. La pelota ofendida se va por el lateral seguida por una puteada del Colorado. Nosotros nos quedamos helados a pesar del sol impío. Veo la cara de Peralta blanca de miedo. En el otro extremo de la cancha, el Mario sale corriendo. Nos invade la parálisis. No estamos preparados para esto. Todavía la vida nunca nos ha puesto en una situación así. Todos los temores nos caen como una pesada manta cubriendo nuestro raciocinio y llevándonos a la inmovilidad. El viento, la bici, Sací, el ruido seco de una quebradura, el sol y el polvo del baldío como arena, enturbian mis ojos de lágrimas. La nube ya pasó y el sol reinicia su abrazo abrasador. Una mano grande, pesada, adulta, me empuja hacia un costado. El padre de Sací llega para hacerse cargo de la situación. Lo levanta como si fuera un muñeco liviano y mientras le grita por desobedecer, por haber venido a jugar igual, por no haber dicho nada, por un montón de otros miedos, más de él que del hijo, gira y camina hacia el auto con la puerta abierta como si fuera una ambulancia. En ese instante veo la cara de Sací. El relámpago de la pierna torcida me había cegado y el rostro del ahora mi amigo aparecía como desdibujado detrás de un vidrio agrietado por el espanto. Peralta le alcanza la gorra y los anteojos y, mientras los acomoda en su nariz, nos regala una sonrisa sin señas de dolor y me guiña un ojo cómplice. Dos pasos del padre después, la pierna izquierda se desprende y cae sobre el suelo yermo levantando la tierra marchita y dejando la tela del pantalón, como una manga vacía, cayendo entre los brazos progenitores. En el suelo, la imagen grotesca de una zapatilla sucia, rellena con un pie de madera y atornillada en la punta de algo así como un palo de escoba astillado, declara que, desde hoy, Los Guerreros comparten el secreto de su paladín. Fin Especial para Club de Leones San Nicolás

Rubén A. Genovar.

5/8/20241

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